11. La lucha entre los sexos
Entre el hombre y la mujer siempre existe un muro que los separa, castración al decir de Freud, muro del lenguaje, añade Lacan. El amor es la ilusión que oculta y metaboliza este desencuentro radical.
Freud utiliza un término específico cuando se refiere a la elección amorosa: la Lebesbedingung, la condición de amor, que establece los rasgos simbólicos que diseñan el objeto amable que puede reducirse a ser único o formar parte de una lista de objetos sustituibles siempre y cuando respondan a la misma condición de amor.
En la obra de Freud encontramos una trilogía de la vida amorosa: “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre” (1910), “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa” (1912) y “El tabú de la virginidad” (1918).
• El primer artículo de esta serie examina las condiciones específicas que determinan un tipo particular deelección de objeto en el hombre:
- La mujer elegida debe pertenecer a otro hombre. El sujeto queda situado en el lugar del tercero excluido.
- Ella debe tener una mala reputación, es decir, su fidelidad debe ser dudosa. Esto es lo que Freud llama el “amor por la prostituta”. Solamente cuando el sujeto llega a estar celoso, el amor llega a su apogeo y la mujer adquiere todo su valor. Simultáneamente, es sobrevalorada: este amor tiene un carácter compulsivo, como en el caso de Swan en relación a Odette en Un amor de Swan, de Marcel Proust. Durante toda la novela, Swan padece compulsivamente su amor hacia Odette, cortesana de la época, que lo traiciona sin cesar. Sólo cuando logra poseerla a través del matrimonio logra “curarse” de su amor. Por eso finalmente concluye que “no era de su tipo” (“ce n’était pas mon genre”), con un profundo desdén que expresa su degradación del objeto.
- Finalmente se añade la condición de “salvar a la dama”. Una frase de un escritor citado por Freud, Arthur Schnitzler, revela lo que se pone en juego en esta elección: “Busco en cada cocotte a la mujer” (Anatole). Desde esta perspectiva, la cocotte, la prostituta, puede volverse la mujer ideal para el hombre en la medida en que cumple los requisitos de esta particular elección amorosa.
Las mujeres se sitúan entre los hombres como un “valor de cambio” que da cuenta de su investidura libidinal, ya sea como objeto idealizado o degradado. El valor fálico que reviste una mujer permite su deslizamiento de la virgen a la prostituta. Esta investidura implica un consentimiento del sujeto en su búsqueda de ocupar el lugar de objeto de deseo del objeto amado. El resultado de esta descripción indica una fuente precisa de acuerdo a Freud: la madre, objeto de gran valor para el niño, pertenece a otro hombre, el padre, por lo que resulta infiel a los sentimientos tiernos del niño y despierta sus celos. La fantasía de salvar a la mujer queda asociada en el inconsciente con la de darle un hijo. Freud explica esta afirmación con el hecho de que el niño siente que le debe la vida a su madre y quiere darle como pago un regalo, que, a través de las equivalencias simbólicas, se transforma en un hijo. Esto revela ya una interpretación por pa
rte del niño del deseo de la madre. Se identifica así con el padre y lo elimina como rival.
Dentro de la literatura encontramos muchas variaciones de esta idea de salvación. En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, texto citado por Freud en “Dostoiewski y el parricidio”, Stefan Zweig relata la pasión amorosa de una mujer por un joven que encuentra en la sala de juegos del casino de Montecarlo. Aquí se produce una inversión de la fantasía: es ella quien intenta salvar a un hombre de la edad de su hijo de su compulsión a jugar, y en medio de sus altas aspiraciones espirituales termina pasando la noche con el desconocido. Freud indica que se trata de la figuración de la madre como prostituta en tanto iniciadora de la masturbación infantil (“adicción primordial”). Esta historia pone de manifiesto cómo la mujer, sustituto materno, es deseada a condición de su degradación como objeto que la vuelve accesible al anhelo sensual.
El prototipo materno inaugura la serie de elecciones de objeto que se presentan como sustitutos amorosos. Cada mujer que un hombre elige da prueba de la distancia que ése establece entre la satisfacción obtenida y la anhelada. Una o una multitud guardan el mismo origen.
• En el artículo de 1912, “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”, Freud examina el tema de la impotencia masculina y de la frigidez:
En tanto que el objeto de amor se vuelve un sustituto del prototipo infantil materno, el hombre debe poder rebajar un poco a la mujer para poder desearla sexualmente. En caso contrario, su proximidad con el objeto de amor idealizado incestuoso vuelve imposible todo contacto sexual. La “impotencia psíquica” del hombre es el resultado de esta sustitución incestuosa que hace que la corriente tierna prevalezca sobre la sensual y el hombre no pueda sostener su deseo frente a la mujer. Se recurre entonces a la degradación psíquica del objeto sexual. Este rebajamiento, que vuelve a una mujer deseable en determinadas condiciones de la vida amorosa, no debe confundirse con el desprecio o la misoginia que expresan algunos hombres hacia las mujeres. Freud indica que esta degradación del objeto vuelve comprensible la fantasía de rebajar a la madre a la condición de mujer fácil que se presentaba en el artículo anterior. De esta manera, en este tipo particular de elección de objeto en el hombre, se produce una divergencia entre el objeto de amor y el objeto de deseo.
Freud considera que en las mujeres no se produce esta necesidad de degradar el objeto sexual porque también falta la sobrestimación característica del varón (la alta estima cae sobre ellas mismas de acuerdo al narcisismo femenino). La degradación masculina encuentra su equivalente en las mujeres en la necesidad de una prohibición, de tener un amorío secreto, aun cuando se trate de relaciones permitidas. Se trata de la búsqueda de un obstáculo que permita incrementar el valor libidinal y poder así “gozar del amor”. Mediante esa operación tanto los hombres como las mujeres logran sortear la impotencia psíquica y la frigidez femenina.
En el hombre, el prototipo materno inaugura la serie de elecciones de objeto que se presentan como sustitutos amorosos. Por tanto, debe poder rebajar un poco a la mujer para poder desearla sexualmente, de lo contrario la proximidad con el objeto de amor idealizado incestuoso vuelve imposible el contacto sexual.El equivalente en las mujeres es la necesidad de prohibición. La búsqueda de un obstáculo permite incrementar el valor libidinal y gozar del amor.
Podemos indicar una salvedad. Si bien Freud describe esta escisión de la vida amorosa en el hombre, las mujeres en posición masculina también pueden padecer esta misma división: degradar al hombre que desean, su amante, y mantener una relación matrimonial con un hombre idealizado, de quienes se sienten protegidas pero que no desean o del que no obtienen satisfacción sexual. No se trata en este caso de una sobrestimación sexual, como lo señala Freud, sino que lo amable del hombre es que las quieran y las protejan como un objeto valioso. Así, no pierden su lugar de objeto, pero, a la vez, desean desde una posición masculina.
Esta necesidad de la presencia de un obstáculo permite entender las particularidades de la relación entre Tristán e Isolda, presentadas al comienzo de este módulo. En todo momento se introduce una dificultad para el encuentro entre los amantes. Y si este obstáculo no existe, ellos mismos se ocupan de crearlo. Se intensifica así el poder de la pasión amorosa.
Pero la verdadera fuente del desprecio de los hombres hacia las mujeres se nutre tanto del complejo de castración -son seres castrados- como de la extrañeza que experimentan frente al Otro radical que ellas representan tanto para los hombres como para las mujeres mismas, en tanto que encarnan el misterio de la sexualidad femenina.
Como ya hemos señalado, la relación de la niña con el complejo de castración es diferente a la del varón y tiene otras consecuencias en su vida amorosa. El complejo de castración introduce a la niña en el complejo de Edipo, a diferencia del niño, que produce su abandono. El Penisneid indica el pasaje del amor hacia la madre fálica, al odio que experimenta hacia ella como efecto de la decepción que le produjo no recibir el falo añorado. Consecutivo a ese odio hacia la madre, expresión de la prohibición del incesto, la niña se dirige hacia el padre, a la espera de recibir lo que le fuera rehusado por la madre. Pero el odio sigue su rumbo y retorna eventualmente en la relación con el hombre.
• En “El tabú de la virginidad” Freud subraya la “sujeción amorosa” de la mujer al hombre e indica que la dependencia de la mujer es equivalente a la que se produce en la hipnosis. En el capítulo “Hipnosis y enamoramiento” de Psicología de las masas y análisis del yo (1922), Freud distingue el objeto ubicado en el lugar del yo, del situado en el del Ideal del yo. Esta diferenciación puede ser utilizada para situar la relación asimétrica entre el hombre y la mujer. El hombre que sigue el prototipo paterno queda situado en el lugar del Ideal del yo, efecto similar al que se produce en los niños ante la autoridad paterna, o en el del yo ideal si la elección de objeto es narcisista. En cambio, la mujer idealizada no es un Ideal para el hombre sino que cae bajo la serie del yo ideal, es decir, el valor fálico concierne a la investidura libidinal narcisista.
Ahora bien, tanto la prohibición como el secreto ocupan lugares diferentes dentro de la sexualidad femenina. La prohibición es una modalidad del obstáculo que realza el valor del objeto, en cambio, el secreto de la relación amorosa (incluso si es construido artificialmente, es decir, sin ninguna necesidad de ocultar el lazo en cuestión), es utilizado por la mujer como una coartada para lograr hurtarse: nunca está donde se la busca. Esta estrategia se vincula con la mascarada femenina, a condición de no quitarse la máscara y producir la angustia del partenaire. En cuanto a la hostilidad que experimenta la mujer hacia el hombre, es una herencia directa, al decir de Freud, del odio hacia la madre. Freud establece dos vertientes de análisis: el tabú de la virginidad y las perturbaciones que derivan en el matrimonio, puesto que el odio materno retorna y se transfiere hacia el marido. Así se produce la combinación particular de dependencia (sujeción amorosa) y hostilidad de la mujer hacia el hombre.
De acuerdo a la vanguardia del espíritu de la época, Freud indica que a veces la hostilidad se agota en las disputas con el primer marido y un segundo matrimonio resulta tanto más exitoso. Después de todo, el marido nunca es más que un “sustituto del padre”, y tras él, de la propia madre. No obstante, nada impide que con el nacimiento de un hijo retornen antiguas identificaciones con la madre y se reinstale su mala relación con ella o la modalidad de relación de sus propios padres.
No existe, pues, ninguna manera de garantizar la felicidad conyugal.

Como ejemplo del tabú de la virginidad, Freud toma un cuento de Arthur Schnitzler: “El destino del barón de Leisenborgh”. Se trata de la historia de un hombre que durante muchos años aspira al don de amor de una joven actriz. Esta mujer reúne todas las condiciones para ser amada: tiene una reputación ligera, pertenece siempre a otro hombre, se presenta como imposible de ser poseída por él. En definitiva, es la mujer de sus sueños. Decide entonces esperar el tiempo necesario para que su sueño se vuelva realidad. Durante años sigue atentamente la sucesión de sus relaciones amorosas.
Algo sucede que quiebra este ciclo. Un amante de la actriz muere lanzándole una maldición sobre el primer hombre que tenga una relación sexual con ella. Intenta así asegurarse de su fidelidad eterna. Aturdida por el conjuro, la actriz se mantiene durante un tiempo fuera del circuito de los intercambios amorosos. Pero un día se enamora de un cantante que circula por la ciudad. Para desembarazarse de la maldición que pesa sobre ella decide concederle al barón de Leisenborgh, su desdichado enamorado, una noche de amor, ocultándole este conjuro, tras lo cual desaparece sin dejar rastros. El cantante es quien le revela la razón de su felicidad inesperada. Y sus palabras producen de inmediato la eficacia de la maldición proferida y puesta en acto.
Con ciertas deformaciones, este cuento pone de manifiesto la hostilidad hacia el hombre, que en ciertas culturas se presenta como tabú de la virginidad.
Una de las consecuencias de la pérdida de la virginidad en la mujer es la frigidez. Freud indica que muchas veces la mujer queda fría e insatisfecha y que se requiere un largo tiempo hasta que logre obtener una satisfacción sexual. Indica una graduación que va desde una frigidez inicial y pasajera hasta un estado permanente que el empeño del hombre no logra superar. Concluye entonces: “Creo que todavía no se ha llegado a entender bien esa frigidez de la mujer, y por eso reclama -salvo en los casos que pueden imputarse a la insuficiente potencia del varón- ser esclarecida, en lo posible a través de los fenómenos de que se rodea.” (“El tabú de la virginidad”, p.197).
Los desarrollos sobre la frigidez que precedieron a las reflexiones de Freud son los de Krafft-Ebing en su capítulo IV de la Psychopathia Sexualis.
Más adelante, en el mismo texto de 1918 (“El tabú de la virginidad”), Freud retoma esta idea de considerar a la frigidez como una inhibición neurótica que puede estar enlazada a la disminución de la potencia viril de su compañero sexual.
De esta manera, la falta de satisfacción sexual de una mujer queda relacionada para Freud con su relación con el partenaire y con su posición frente al hombre. Uno de sus contemporáneos, Abraham, llega incluso a considerar la frigidez, como así también al vaginismo, como una de las manifestaciones de la hostilidad de la mujer hacia el hombre.
El secreto, el misterio femenino, no son pruebas de mala fe, de insinceridad o mentira. En realidad, son la expresión de otro goce que forma parte de la sexualidad femenina y que no fue formalizado por Freud sino por Lacan (será examinado en otro curso sobre el malestar en la vida amorosa: La vida amorosa en la relación entre los sexos). La teorización freudiana se detiene en el lazo que une a la mujer al significante fálico, a través de la sujeción al hombre o por su vínculo necesario con la prohibición, que supone la inscripción de un principio de regulación fálico que funciona a modo de ley.
De esta manera, la relación de la mujer con la prohibición tiene una doble función. Por un lado, en tanto que la prohibición del incesto se relaciona en ambos sexos con la madre, regula el goce fálico dando lugar al deseo. Pero, por otro lado, el esfuerzo por sortearla, a través del secreto, permite que la mujer se hurte en un goce más allá del falo La teoría de los goces de Lacan introducirá nuevos matices en la estructura freudiana de la sexuación.
El recorrido que acabamos de llevar a cabo nos muestra la determinación de la posición frente a la castración en la elección del sexo y en la elección de objeto. La vida amorosa no forma parte de “la naturaleza de las cosas” sino que corresponde a un encaminamiento psíquico específico que establece las condiciones de amor y sus tropiezos.
Si bien Freud trabaja en detalle la determinación edípica en la identificación sexuada y en la elección de objeto, la dialéctica fálica examinada por Lacan y la teoría de los goces que introduce al final de su enseñanza darán nuevas perspectivas a estas cuestiones.